Mi mujer me ha dejado

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Ayer leía una historia que me interesó mucho, no por la historia en si misma sino por lo que significa.

Un hombre, como cualquier otro, incluso como yo, invitó a cenar a su mujer el día de San Valentín, el pasado 14 de febrero. Tenía que ser una velada muy agradable, aprovechando que iban solos, sin los niños, y que el ambiente y la poca frecuencia de sus salidas nocturnas, preparaban una conversación agradable sobre todos esos temas que se van aparcando para más adelante, para cuando podamos.

Además, ese suculento menú que, con mucho cuidado y mimo él eligió previamente, conociendo los gustos de su mujer, en ese restaurante fantástico al que querían acudir desde hacía mucho tiempo, suponía una guinda maravillosa para una maravillosa noche.

Según relata la historia, la pareja se encontró directamente en el lugar de los hechos. Antes, habían terminado con sus obligaciones cotidianas, de trabajo, de jefes, de casa, de ajustes económicos, del pago del seguro que vence en febrero y de la previsión del IBI del ayuntamiento que vence en marzo, de niños, de extraescolares, de padres, suegras y demás fauna. Ellos solos en el restaurante elegido, en el ambiente elegido y dispuestos a disfrutar durante dos horas de una excitante cena.

A los diez minutos, y siempre según el relato, ella se levanta y dice que se va al baño. El ir al baño antes de cenar es absolutamente normal, está bien lavarse las manos previamente a cenar o incluso a comer, así que el protagonista de nuestra historia no se asombra porque ella decida ir al baño. Él se queda solo en su mesa,  mira a su alrededor oyendo los murmullos de otras tantas parejas que como ellos están celebrando su San Valentín. Le ofrecen una copa para esperar un poco más agradablemente y él asiente pensando en lo que  disfrutará de ese magnífico vino blanco, fresco y afrutado, que tanto le gusta.

Pasan los minutos y su mujer no regresa, diez minutos para lavarse las manos son excesivos. Él espera, pero empieza a impacientarse pensando que a su mujer le puede haber ocurrido alguna cosa. Quince minutos y no llega. En ese momento decide pedirle a la camarera si puede acceder al baño del restaurante y preguntarle a su mujer si le ha sucedido alguna cosa.

La camarera entra en el baño, pero no hay nadie. La mujer de nuestro protagonista ha desaparecido. El hombre, nervioso, se levanta, se mueve de un lado a otro del restaurante, accede al baño, se agacha para ver si descubre aquellos pies conocidos, aquellos zapatos de color rojo que hoy llevaba puestos su mujer y que entonaban adecuadamente con su vestido,  pero no. No está. ¿Qué ha pasado?

En ese momento suena su móvil y con cara de sorpresa ve en el display que es su mujer:

“Hola cariño, ¿cómo estás? No, no te preocupes, ya estoy en casa. Estoy bien, muy bien, he cogido un taxi para regresar. Sí, sí, es verdad teníamos que cenar juntos, pero tú también tenías que cenar conmigo y lo que me ha parecido es que estabas cenando con tu móvil. Así que he decidido dejarte con él, en ese restaurante que me hacía tanta ilusión, para que cenes con tu móvil.”

Y entonces me di cuenta, durante los primeros diez minutos de nuestra cita no habíamos cruzado palabra y yo, perdón, el protagonista de nuestra historia, se había dedicado a escribir whats ups, responder emails y realizar alguna que otra conexión a internet. Había sido capaz de estropear una cita maravillosa por causas vinculadas al vicio más grande jamás inventado por el hombre: EL MÓVIL.

Es verdad que el aparatejo malévolo que estropea cenas es un gran invento de la humanidad, es verdad que nos da mucho servicio, es verdad que nos ayuda, es verdad todo lo que ustedes quieran, incluso es un gran avance para cuidar mejor de nuestra salud gracias a las miles de apps que existen en el mercado, pero también es verdad que, una vez más, los humanos no sabemos administrar aquello que tenemos y, como siempre, nos posicionamos en el extremo opuesto a lo que deberíamos. ¿Somos tan exagerados y ciegos que estamos dispuestos a perder la oportunidad de hablar con nuestra pareja por responder emails?  ¿Esto no es atentar también contra nuestra salud mental?

Pero esto no acaba aquí, el sábado comiendo en un restaurante fuera de Barcelona, en una mesa cercana estaban el padre la madre y el niño, que no debería tener más de 12 años, “hablando con su móviles” sin mirarse a la cara. Y esto ¿no es atentar contra nuestra salud social, o contra la salud de la educación de nuestros hijos?

Esta es la realidad de lo que acontece y que me estremeció cuando leí la susodicha historia del móvil que fue capaz de hacer que su mujer le dejara, aunque fuera durante esas dos horas de  cena. Pensé que esa cena, el contacto físico de sus manos tocándose, y ellos dos mirándose a los ojos eran la más maravillosa de las conversaciones de amor que se pueda imaginar:  “te quiero”. Pero no fue así, ella no estaba, él tenía su móvil, su móvil le tenía a él, también se tocaban con pasión, pero dudo mucho que le dijera “te quiero”.

¿O quizás sí?

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